El Concilio de Trento había dispuesto allá por 1564, que en los países católicos no se distribuyeran otros ejemplares de la Biblia que no fuese su texto latino, conocido como la Vulgata y sólo el clero, el pueblo llano no, estaba en relativas condiciones de leerla. En Trento, la Iglesia de Roma se opuso al "libre examen" predicado por los luteranos y por otras ramas del protestantismo. George Borrow fue comisionado por la Sociedad Bíblica Británica para vender por la península ibérica ejemplares del Nuevo Testamento a precios muy asequibles. Este libro es un retrato personalísimo de lo que, para su autor, España representaba todavía en los albores del siglo XIX, oponiéndose a la tolerancia tan inocente como la de vender biblias en castellano (y también en caló), pero retrata, asimismo, la otra intolerancia, la que representaba Borrow operando como agente de aquella Sociedad Bíblica. Y aunque sufrió muchas calamidades por la incomprensión de las autoridades españolas civiles y religiosas, nunca le faltó dinero para procurarse asistentes, medios de alojamiento y de transporte; gozó de la protección del embajador de Su Graciosa Majestad y hasta pudo abrir en la calle del Príncipe de la capital una tienda para vender sus biblias. Y, mientras tanto, anotó en sus cuadernos y correspondencia sus impresiones sobre un país del que se enamoró desde el principio.

La biblia en España

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